5. La nota

Un día menos para que nuestras vidas cambiaran. Y, aun así, lo único en lo que podía pensar era en el momento en que volviera a encontrarme con el guardián del que ni siquiera sabía su nombre. Aún recordaba el aliento cálido rozándome la oreja, y solo pensarlo hacía que un calor extrañamente placentero recorriera mi cuerpo. ¿Era esa la reacción esperable cuando una había estado aterrorizada? Se parecía más a una de esas sensaciones que tanto ansiaba conocer, pero me resultaba imposible aceptar que pudiera haberla sentido por un desconocido. Y, sobre todo, por alguien que me había provocado un escalofrío nada más verlo. Pero me había sentido tan bien que no lograba apartarlo de mi mente. Aunque, al mismo tiempo, deseaba hacerlo para no ruborizarme en cuanto volviera cruzármelo.
Había descubierto mi secreto, lo único que me proporcionaba paz. Y quizá también acabara de arruinarme la vida. Si me descubrían rompiendo las reglas, me descartarían del Ritual y tendría que enfrentarme a un juicio en el que decidirían si mi castigo sería pasar un siglo más atrapada allí, esperando al siguiente Ritual.
El comedor estaba abarrotado cuando conseguí llegar. Las largas mesas repartidas por la estancia estaban repletas de aspirantes, preceptoras y demás miembros de la cúpula que se encargaba de Casa Áurea. Y en todas las entradas seguían apostados enormes guardianes, vigilando a todas y cada una de las personas que se encontraban allí.
Pero no había rastro del único guardián con el que me interesaba no cruzarme. Mi día no estaba empezando tan mal.
Pasé el resto del día con la misma presión en el pecho con la que me había despertado, porque era cuestión de horas que me llamaran al despacho de la Superiora. Había llegado a mis oídos que los guardianes eran leales al reino, y velaban por sus intereses. Eso significaba que una aspirante rebelde, no formaba parte de esos intereses y podía poner en peligro el sagrado proceso que sostenía la estabilidad de la magia en el reino. Y, siendo además ese hombre el guardián más cercano a la portadora, estaba segura de que no permitiría nada que pusiera en riesgo el Ritual.
Cuando llegué a mi alcoba, Athena me estaba esperando nerviosa con un sobre entre sus manos. En cuanto me vio cruzar la puerta, me instó a cerrarla deprisa y me lo entregó como si quemara. Nunca la había visto en ese estado.
— ¿Qué es esto? — le pregunté extrañada. Mi intuición, unida al nerviosismo de Athena, me decía que ese sobre no contenía buenas noticias.
— Uno de esos aterradores guardias lo ha traído para ti. Pero no ha dicho nada más. — respondió, sentándose en su cama mientras yo seguía de pie, con el estómago empezando a revolverse.
Mi camino acababa en ese instante. Seguramente la carta contenía la fecha para enfrentarme a la Superiora por mi desobediencia.
Maldito guardián.
Pero tuve que leer varias veces el contenido para asegurarme de que no lo estaba interpretando mal.
— ¿Qué pone la carta, Daph? — quiso saber Athena, incapaz de soportar por más tiempo mi silencio y mi expresión de desconcierto.
Era una nota convocándome a un encuentro en los jardines principales antes del toque de queda. Y estaba firmado por una sola inicial
“S.”
El semblante de Athena se relajó en cuanto vio la nota.
— Es del guardián de Leonora — dijo simplemente.
La miré con el ceño fruncido, sin entender como sabía ella eso. Pero conocía perfectamente a mi amiga, y sus ojos la delataban.
— ¿Qué has hecho, The?
Retorciendose las manos, nerviosa de nuevo, empezó a pasearse por la habitación de un lado a otro. Athena siempre velaba por mí, aunque a veces se metiera en problemas innecesarios por mi culpa.
— Puede… o no puede… que le haya suplicado que no te denuncie ante la Sabia Superiora.
La miré con ojos como platos, estupefacta por lo que acababa de confesar.
— ¿Se puede saber por qué te has arriesgado así?
— Porque eres mi hermana, Daph, y no has hecho nada malo. No deberían prohibirnos leer las historias que tanto te gustan, y no es justo que tu vida se arruine solo por eso.
Era la primera vez que escuchaba tantas palabras seguidas de la voz de mi amiga. Y algo en mi interior se hizo pedacitos. Athena siempre había estado ahí para mí, y yo no hacía más que arrastrarla a mis problemas y comportarme como una desagradecida. Si lograba salir de la situación en la que me encontraba, sería gracias a ella. Y eso no podría olvidarlo.
Por lo visto, mi tarde iba a volverse mucho más extraña de lo que había imaginado al despertar.
Iba a volver a verme cara a cara con la persona que había conseguido evitar durante todo el día.
Y no estaba preparada en absoluto.


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