La última ronda de las preceptoras de la Superiora tenía lugar al cantar el reloj las diez. Era la señal para apagar los candiles y entregarnos al descanso con la esperanza de una noche de sueño reparador antes de volver a la ajetreada rutina de esos últimos días.
Coloqué mi almohada bajo las mantas con el cuidado de quien sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo había repetido tantas veces que con los años mi técnica se había refinado. Esperaba que Athena no tuviera que cubrirme de nuevo. En algunas ocasiones estaba segura de que hubiera deseado otra compañera que no le diera tantos problemas.
Candil en mano, salí de la alcoba y emprendí el camino hacia la biblioteca. Durante los paseos de la tarde me había dedicado a observar donde se apostaban los guardianes y cada cuánto tiempo eran relevados. Necesitaba conocer la ruta más segura. Los había visto vigilando las entradas principales y las puertas que conectaban unos edificios con otros. Nuestras alcobas se encontraban en el ala de La Residencia, junto al comedor y los cuartos de aseo que compartíamos. Para llegar a la biblioteca debía atravesar primero el edificio principal, donde estaban el Aula Mayor y los despachos de la superiora y las preceptoras, y alcanzar después el Ala de Formación.
Llegué a la primera puerta justo cuando los guardianes se retiraban para ceder el puesto a los siguientes. Aproveché ese momento para cruzar a toda velocidad y deslizarme entre las sombras. Había apagado el candil antes de salir, esperando encontrar con qué encenderlo al llegar a la biblioteca. Cuando llegué a la segunda puerta entendí que había cometido un error: había tardado demasiado en cruzar el edificio y los nuevos guardias ya estaban en sus puestos.
Me refugié entre dos robustos muebles cargados de reliquias que apenas se distinguían en la penumbra y desde allí, luchando por no entrar en pánico, intenté averiguar de qué manera iba a cruzar sin que me vieran.
Tan absorta estaba en mis pensamientos que no advertí su presencia hasta que una mano firme me cubrió la boca. El sobresalto me paralizó el cuerpo. Un instante después me vi atrapada entre el mueble y un cuerpo duro y demasiado cercano. Intenté resistirme, pero fue inútil; mis piernas no eran rival para aquella fuerza, y no pude más que dejarme llevar.
Aquel desconocido me condujo hacia una de las salas adyacentes al pasillo en el que me había escondido. Tras la parálisis inicial, empecé a temblar como una hoja y mi corazón martilleaba con fuerza contra mis costillas. Por un momento creí que iba a perder el conocimiento.
Entonces sentí un aliento cálido a mi derecha, muy cerca de la oreja. Y ese gesto, lejos de agitarme aun más, pareció tranquilizarme. Algo por lo que me iba a reprender a mí misma si salía viva de allí.
— Si gritas, vas a meterte en problemas, Daphne — dijo. Esa voz grave y profunda removió algo dentro de mí que no supe identificar —. Aunque quizá lo que buscas es eso.
Sentí cómo la presión de la mano que cubría mi boca se relajaba y como el dueño de esa voz poco a poco se apartaba de mí, como valorando si me iba a poner a gritar.
Me giré lentamente y tuve que levantar la cabeza para poder mirarle a los ojos. Unos ojos oscuros y profundos que recordaba perfectamente.
— ¿Qué… qué es lo que busco? Solo estaba perdida y… no recordaba el camino de vuelta a mi alcoba.
La carcajada que soltó hizo darme cuenta de la absurda tontería que acababa de decir. Pero mi boca había actuado antes de que mi cerebro pudiera evaluar la situación.
A pesar del colapso de mi cerebro, hubo algo que no se me escapó. Me había llamado por mi nombre. Era imposible que, en la oscuridad de los pasillos y con la capucha calada, me hubiera reconocido.
— ¿Cómo sabes mi nombre?
Él no respondió al instante. Sin decir nada, se sacó algo del bolsillo del abrigo y me lo tendió. Lo miré extrañada y me bajé la capucha del todo para poder ver de qué se trataba.
Casi se me salieron los ojos de las órbitas al ver el libro que había perdido, diminuto entre sus manos.
Mierda.
— Perdiste esto en tu escapada de ayer. Imagino que ibas de camino a recuperarlo.
Volví a mirarlo a los ojos, intentando reconocer en él al guerrero que esa misma mañana había hecho que un escalofrío recorriera mi cuerpo. Pero el hombre que tenía delante parecía distinto. Su mirada era oscura, pero no tan fría, y su rostro estaba mucho más relajado. Parte de ese miedo que me había provocado había desaparecido.
— Yo…
Durante un segundo pensé en darle alguna explicación que pudiera zafarme de esa situación. Pero otro pensamiento irrumpió antes, sin pedir permiso: si había visto mi nombre en el marcapáginas, también había visto en qué página estaba.
Y eso significaba que había leído la escena.
Un calor repentino me invadió el cuerpo hasta enrojecer mi rostro. Sentía tanto apuro que lo único que se me ocurrió fue salir corriendo.
Ni siquiera me paré a pensar que tendría que volver a cruzar la puerta a la que ya habrían vuelto los guardias a los que había evitado. Pero, por alguna razón, nadie me detuvo en mi carrera hacia la alcoba. Allí pensaba enterrarme bajo las sábanas y morir de vergüenza.
2 respuestas a «4. A la carrera»
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Queremos mass!!!
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Y ahora que hago con mi vida…? Quiero saber que va a pasar

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