Los jardines principales de Casa Áurea eran impresionantes.
Se extendían en el centro del patio que formaban los edificios del tempo y, gracias al clima siempre agradable de Helia, convivía todo tipo de flora. Mi parte favorita era el corazón del jardín, donde la mayor parte del año crecía un inmenso campo de amapolas rojas. La amapola era el símbolo de Sapheia, y aunque según había leído en algunos libros prohibidos, solo florecían durante una determinada época del año, en Sapheia eran perennes. Solo perdían intensidad durante algunos días de invierno. Y aún así eran espectaculares.
Un leve temblor recorría mi cuerpo a medida que me acercaba al lugar donde me había citado el guardián.
“S”
Todo aquel misterio me aceleraba aún mas el corazón. Casi tanto como los recuerdos de la noche anterior. El calor de su cuerpo contra mi espalda que no había conseguido apartar de mi cabeza en todo el día.
Ese hombre me había retenido en contra de mi voluntad. ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba así ante algo que debería haber considerado violento?
El corazón me dio un vuelco cuando lo vi a lo lejos, apoyado de espaldas contra la pared y con los brazos cruzados sobre el pecho.
Esa pose desenfadada, no se parecía en nada a la del guardián de dura mirada que había visto durante la presentación.
Antes de que mi subconsciente decidiera volver a salir corriendo, me armé de todo el valor que pude y me planté frente a él.
Me miró de arriba abajo antes de mostrar una media sonrisa burlona.
—Has venido, pequeña fugitiva —dijo con su voz profunda y relajada.
—No quería que mi amiga se metiera en problemas por mi culpa. —respondí muy segura de mis palabras—. Asumiré todas las consecuencias.
Él ladeó la cabeza y me observó durante unos segundos antes de responder.
—¿Qué consecuencias crees que conlleva entrar a escondidas en la biblioteca después de vuestro riguroso toque de queda?
Lo miré confusa, sin entender a qué se refería. ¿Acaso no era consciente de las normas que debíamos seguir todas las candidatas?
—No me mires así —dijo sonriendo—. No voy a delatarte ni a hacer que te expulsen.
—¿Y por qué no ibas a hacerlo? —Quise saber extrañada—. Eres el guardián de la portadora y he roto las reglas varias veces en pocas horas. No soy digna del Ritual.
La sonrisa del guardián desapareció, y es su rostro se reflejó una emoción que no fui capaz de entender.
—Cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta de que esa es una de las mentiras más crueles que llevan años inculcándoos.
Su declaración me dejó sin palabras. Nunca, en todos los años que había vivido allí, alguien se había atrevido a cuestionar nada relacionado con las candidatas o con Casa Áurea.
¿Quizá era una provocación para que salieran de mi boca los prohibidos pensamientos que llevaba guardando desde que tenía uso de razón?
Pero mi instinto y su mirada penetrante me decían que no. Lo que acababa de decir, lo pensaba de verdad. Y un atisbo de rabia cruzó sus ojos.
—Nadie es menos digno de portar la esencia por querer explorar y aprender del mundo más allá de estas paredes, Daphne —dijo con mucha seguridad—. Pero, si pensáis eso, es más fácil controlaros.
Seguía sin poder articular palabra. Ese hombre estaba hablando en contra de las leyes y tradiciones que se suponía que debían estar marcadas con sangre en cada uno de nosotros. Y no parecía tener ningún reparo en compartirlo conmigo, una desconocida.
Quise responderle dirigiéndome a él por su nombre. Hasta que me di cuenta de que solo conocía su inicial.
—Si vas a seguir compartiendo blasfemias conmigo, al menos debería saber tu nombre.
No tenía ni la más remota idea de por qué mi tono había sido tan duro y borde. Pero el nerviosismo que recorría mi cuerpo se apoderó de mi voz.
Él se echó a reír y se pasó una mano por el pelo de manera desenfadada.
—Me llamo Soren —anunció finalmente, extendiéndome la mano.
Miré esa mano grande y bronceada y me lo pensé unos segundos antes de estirar la mía para estrechársela. Antes de que pudiera responderle, tiró suavemente de mí, dejándome mucho más cerca de él. No pude más que levantar la vista para no estrellar mi cara contra su pecho. La intensidad de sus ojos me dejó sin respiración.
—Y si no hubiera visto tu nombre en el libro que dejaste olvidado, habría removido cielo y tierra para averiguarlo, Daphne.
Su voz calmada, tan profundamente masculina, me erizó el vello de la nuca. Nunca había estado cara a cara con un hombre, separados solo por unos centímetros. Y mi pulso se aceleraba cada vez más.
—Yo… creo que debo irme —fue todo lo que logré decir.
Intenté soltarle la mano, pero no me lo permitió. Durante unos segundos me sostuvo la mirada, como si buscara en mis ojos una respuesta que ni siquiera yo conocía.
—Aún no quiero que te vayas —confesó—. Estoy demasiado a gusto escandalizándote como para que la diversión se acabe tan rápido.
Ese hombre era un engreído. Se estaba riendo de mi y de mi falta de practica en estas situaciones. Y no era algo que fuera a permitir durante mucho más tiempo.
Que no me permitiera recuperar la mano, no significaba que tuviera que seguir ni un segundo más en su presencia.
Bajé la mirada para comprobar dónde estaba colocada mi rodilla, y sonreí al darme cuenta de que solo tenía que levantarla fuerte para provocarle un dolor que seguramente haría que me soltara.
Pero él fue más rápido. Cuando levanté la rodilla, me la detuvo con la mano libre.
—No des pistas a tus enemigos sobre tu próximo golpe si quieres ganar una pelea, pequeña fugitiva —dijo sin borrar esa estúpida sonrisa de su rostro.
Intenté zafarme con más ímpetu, pero no conseguí nada. Seguía atrapada contra aquel pecho fuerte que respiraba a un ritmo normal, como si mi resistencia no le supusiera ningún esfuerzo.
—Déjame ir, Soren —le espeté con los dientes apretados—. No voy a quedarme un minuto más mientras me ridiculizas.
La sonrisa volvió a esfumarse de su rostro, como si mis palabras le hubieran herido de verdad. Era un guardián de posiblemente cientos de años, ¿qué iba a importarle una simple aspirante?
Relajó en ese instante la fuerza que me retenía, pero mi curiosidad impidió a mis piernas correr de vuelta a mis aposentos.
—No tengo por costumbre ridiculizar mujeres para divertirme, Daphne —respondió antes de que yo pudiera volver a espetarle nada—. Si te he citado aquí es porque Leonora quiere verte mañana antes de tus clases.
La sorpresa que inundó mi rostro debió ser lo que hizo que su expresión se relajara.
La portadora quería verme. A mí. Una simple rebelde.
¿En qué mundo eso era una posibilidad real?

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