3. El peso de la esencia

Para recibir a la portadora, se había convocado una audiencia extraordinaria. Aquella mañana nos vestimos con las túnicas más elegantes que nos permitían llevar: de un color visón claro, con detalles dorados en las mangas y cuello. Nos favorecían mucho más que el gris apagado de las prendas que usábamos en nuestro día a día.
La audiencia se celebraba en el Aula Mayor, la gran estancia donde tenían lugar los actos importantes de Casa Áurea, nuestro hogar desde hacía tantos años. Cuando Athena y yo llegamos, ya todos ocupaban sus asientos y las puertas estaban a punto de cerrarse.
Odiaba ser el centro de atención, y llegar tarde bastó para que la mayoría de los curiosos se giraran, deseosos de averiguar quién osaba hacer algo así. Tomé mi asiento en la parte baja de las gradas e intenté sacudir la vergüenza de haber tenido clavadas esas miradas todo el trayecto. Entonces alcé la vista hacia el escenario, justo en frente de nosotras, y me quedé helada.
Había hombres con armaduras de cuero, altos, musculados y fuertemente armados. Permanecían inmóviles, escrutando de lado a lado el auditorio en busca de cualquier amenaza.
¿Desde cuándo una portadora necesitaba protección?
Por la mirada que me lanzó Athena, intuí que estaba tan desconcertada como yo. La portadora siempre había sido una figura sagrada de la que dependía la magia de Helia. Sin ella, la esencia se perdería y el reino sufriría. ¿Por qué alguien querría hacerle daño?
No tuve tiempo de seguir pensando en ello porque en ese momento se abrieron las puertas junto al escenario y el silencio cayó sobre la sala.
Entonces la vi. Leonora, la portadora del sol.
Iba ataviada con una túnica de un blanco puro, adornada con detalles dorados parecidos a los de las nuestras, aunque mucho más vibrantes y elegantes. La mayor diferencia, sin embargo, era el sol bordado en el pecho y las decenas de pequeñas plumas doradas colocadas a modo de hombreras. A cada paso parecía desprender luz propia, como si atrapara hasta el último destello de la sala. El velo que le cubría el rostro no me permitía contemplar esa belleza que las habladurías juraban que poseía. Siempre me había parecido cruel verte obligada a ocultar tu rostro, como si debieras avergonzarte de quien realmente eras.
Más hombres armados la flanqueaban a ambos lados, pero uno de ellos destacaba sobre el resto. Parecía ser quien daba las órdenes. Llevaba el cabello castaño recogido en una pequeña cola a la altura de la nuca, lo que dejaba su rostro completamente expuesto: la mandíbula tensa, los pómulos definidos y una mirada oscura y penetrante. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Siempre había sentido curiosidad por todo aquello que me había sido negado: cualquier voz, rostro, presencia ajena a mis padres o a las mujeres de la Casa Áurea. Tenía demasiadas preguntas sin respuesta y cada vez menos tiempo para poder conseguirlas. Pero si de algo estaba segura es que a ese hombre no quería hacerle ninguna pregunta. Más bien quería mantenerme lejos de él.
Leonora llegó hasta el atril que habían colocado en el centro del escenario, y muy ceremoniosamente se levantó el velo. Por fin pude mirarla a los ojos. Y lo que ví me partió el corazón. Esos ojos estaban cansados, tristes, vacíos de cualquier rastro de orgullo. No parecían los de una mujer honrada por haber protegido el destino de un reino. Sino más bien los de alguien agotado por cargar con ese peso demasiado tiempo.
El hombre que me había erizado la piel se colocó tras ella, a modo de escudo. Dispuesto a protegerla ante cualquiera que se atreviera a amenazarla.
A cada palabra que Leonora nos dedicaba a quienes estábamos a punto de sustituirla, sentía que algo dentro de mí se resquebrajaba un poquito más. Su voz sonaba derrotada, resignada al destino que le esperaba tras el Ritual. Cuando una portadora traspasaba la esencia de su cuerpo al de su sucesora, el suyo podía estar ya tan castigado por los años de resistencia, que podía apagarse. Normalmente el Ritual marcaba el final de su vida.
Y eso era lo que más me rompía. Dar toda tu existencia por un reino y unos dioses que ni siquiera eran capaces de salvarte tras haberles servido.
Una injusticia.
Desde que salimos del Aula Mayor, un desasosiego incómodo se instaló en mi cuerpo. Tal vez se debía a que los Guerreros Helianos, como los había llamado la Superiora, permanecerían entre nosotras hasta después del Ritual. Algo que no me inspiraba ninguna tranquilidad. Habíamos pasado toda nuestra vida encerradas allí, y lo más peligroso que recordaba era la vez que el cartero real entró por la puerta equivocada y causó un revuelo absurdo entre las chicas.
Y, por si fuera poco, su presencia iba a ponerme muy difícil que pudiera escabullirme de nuevo hasta la biblioteca.
Necesitaba volver allí. No solo para mantener mi mente ocupada, sino también para encontrar el libro que había perdido la noche anterior. Entre sus páginas seguía mi punto de libro favorito. El que llevaba mi nombre.


2 respuestas a «3. El peso de la esencia»

  1. Avatar de Vicky
    Vicky

    🤭🤭🤭 esperando con ganas el siguiente

  2. Avatar de Monik
    Monik

    Me encanta 😍

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

No te pierdas nada

¡Entérate de las nuevas entradas del Blog!

¡Sin spam! Más información en nuestra política de privacidad