Mi corazón latía con tanta fuerza que creía que iba a delatarme. Quedaban diez días para El Ritual y aquella noche no podía dormir. Así que hice lo único que lograba distraerme en noches de desvelo: olvidarme de las normas y adentrarme en la sección prohibida de la biblioteca.
Allí acumulaban polvo todo tipo de libros que no teníamos permitido leer. Y el que sostenía entre mis manos debía estar entre los más escandalosos. Un calor intenso me subía por el cuerpo hasta teñir mis mejillas de rojo. El protagonista acababa de declararle su profundo amor a la joven a la que había rescatado de las garras de su cruel prometido, y aquella declaración había dado paso a delicadas caricias y besos cargados de una intimidad que sabía que nunca llegaría a conocer. Emociones así jamás estarían a mi alcance.
El estruendo de un cristal haciéndose añicos me hizo cerrar el libro de golpe. No debería haber nadie a esas horas en la biblioteca. Nunca me habían descubierto y no quería que aquello cambiara precisamente cuando el Ritual estaba ya tan cerca. Me calé la capucha y con el candil en la mano regresé a mi alcoba antes de que alguien me reconociera.
La tenue luz que se filtraba bajo la puerta cuando estaba a punto de llegar bastó para advertirme de que Athena estaba despierta y me esperaba para reprenderme una vez más.
— Espero una bolsa de chocolates del pueblo.
Con la rubia melena suelta, Athena estaba recostada en su cama, leyendo uno de los manuales que llevábamos meses estudiando. Esos libros tenían en mí el mismo efecto que un somnífero, quizá debería haber ojeado uno antes de escabullirme hacia la biblioteca.
Había muy pocas razones por las que Athena me pediría conseguirle tal manjar. Y al ver mis almohadas colocadas estratégicamente bajo mis mantas en la cama, entendí por qué se lo debía. La Sabia Superiora debía de haber pasado a hacer la revisión nocturna, y yo ya no estaba allí.
— Lo siento amiga, no podía dormir y… necesitaba salir de aquí.
— Lo sé, pero mañana es un día muy importante y odiaría no poder compartirlo contigo.
La portadora. Al día siguiente llegaría la mujer que había portado la esencia del sol desde el último Ritual. La misma que debía traspasarnos esa carga. No podía considerarlo otra cosa. Por el secretismo y la protección bajo la que vivía, ninguna de nosotras la había visto nunca, y Athena llevaba días hablándome de ello emocionada.
De verdad esperaba que ella terminara siendo la nueva portadora. En ningún momento había contemplado que la esencia pudiera escoger mi cuerpo como recipiente. Mi rencor y rechazo posiblemente actuarían como barrera inquebrantable el día de la transferencia.
La habitación quedó en completa oscuridad cuando Athena apagó su candil. Intenté acompasar la respiración para intentar conciliar el sueño pero volvió a mis pensamientos la historia que había estado leyendo unos minutos antes. Si me eligieran como portadora pasaría una vida entera sin conocer la intimidad, el cariño ni todo aquello que podría compartir con un hombre. El celibato era uno de los votos más sagrados para las portadoras; un corazón roto o una intimidad consumada podrían poner en riesgo la pureza de la esencia. O bueno, al menos era eso lo que nos decían. Conociendo las historias lujuriosas de nuestros dioses dudaba que esperaran que sus mágicas creaciones prescindieran de ello.
Mi mente se negaba a descansar. Y mientras un pensamiento se enredaba con el siguiente, uno en concreto volvió a acelerar mis pulsaciones y me incorporé como un resorte.
El libro escandaloso. Lo había perdido en algún momento de mi huida.
Oh no.

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